La reina de las nieves
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«[...]Casi todas las tardes, a la caída del sol, la señora de la Quinta Blanca salía a dar un paseo hasta el faro. Nunca la acompañaba nadie. Caminaba erguida, con paso lento y armonioso, como abstraída en sus cavilaciones, y solamente al cruzar por la pequeña aldea que queda a mitad de camino entre la Quinta y el faro, apartaba de vez en cuando los ojos de aquel punto remoto de las nubes donde parecían tener su norte, para dirigirlos brevemente hacia alguna de las personas que clavaban en ella la mirada y para responder a su saludo con una sonrisa fugaz y distante.
Aquellas apariciones, aun sin llegar a perder nunca cierto cariz ritual y extraordinario, también vinieron a inscribirse poco a poco en el ámbito de esos fenómenos meteorológicos o ceremonias que van pautando el fluir de la vida en cualquier comunidad rural, desde el alba al ocaso, y suministran el hilo con que se van tejiendo las pláticas cotidianas. Así, cuando no pasaba la señora, los vecinos de la aldea se quedaban un poco en blanco. Su ausencia siempre la detectaba alguien y proyectaba como una sombra inquietante sobre el final de las tareas agrícolas, las cenas frugales, el regreso de las bestias al establo y la animación de la taberna emplazada junto al primer repecho de la cuesta que lleva al faro abandonado.
Esta taberna era al mismo tiempo tienda de embutidos, herramientas, loza, velas y tabaco, así que detrás del mostrador de madera donde se despachaban estos artículos también se preparaba el café, se partía el queso y se servían las bebidas que consumían los clientes habituales, numerosos al anochecer. Algunos preferían quedarse de pie bebiendo junto al mostrador, a ratos silenciosos y a ratos conversando entre sí, con la tabernera o con las mujeres que entraban a comprar o bien a buscar al marido para que volviera a casa[…]».
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