El accidente y otros cuentos inéditos
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Luna de miel
«Subieron en el mismo avión. Durante el viaje ocuparon lugares muy lejanos uno del otro, e ignoraron a la joven pareja de recién casados que atraía las miradas de todos los demás pasajeros.
Ella, Eva, se empeñó en mirar por la ventanilla las nubes que viajaban muy debajo de ella. Iba absorta, ocupada en pensamientos oscuros. Él, Vicente —el ceño fruncido y los brazos cruzados—, parecía sombrío y ausente.
En el campo aéreo de Puerto Vallarta se cruzaron varias veces sin dirigirse la palabra, cada uno preocupado en reconocer el lugar y en recuperar su equipaje. Eran dos desconocidos. La pareja de recién casados, por el contrario, no se separaba un segundo. Al llegar al hotel, cada uno recibió la llave de su cuarto y se dejó guiar por dos mozos diferentes. La pareja llegó al mismo hotel.
Eva no examinó su habitación. Apenas hubo desaparecido el mozo que llevaba su maleta, la mujer se acercó al espejo y contempló asombrada su fatiga. Luego se dejó caer sobre la cama. Así estuvo un tiempo, mirando el techo con obstinación. No se inmutó cuando la perilla de la cerradura giró con suavidad, como si alguien quisiera entrar sin ser notado.
La puerta se abrió con sigilo y Vicente entró furtivo, cerrándola tras de sí. Se quedó recargado sobre la puerta, conteniendo el aliento, y desde allí contempló a Eva en silencio. Luego, cabizbajo, se dirigió al balcón a mirar el mar, que jugaba con la luz del atardecer.
La tarde marina entraba tibia por el balcón abierto. Concentrado, con las manos en los bolsillos del pantalón, miró los reflejos de las olas.
Eva, sentada en el borde de la cama, contempló con ojos graves las espaldas cubiertas por la camisa blanca, que le oscurecían la tarde. Permanecieron en silencio. De pronto, él hizo un gesto inesperado: sacó la mano del bolsillo del pantalón, se la llevó a los labios y tiró un beso por la ventana. Alarmada, Eva se puso de pie y avanzó rápido hasta el centro de la habitación, de techos altos y paredes blancas.
—¿Qué haces?
Él se volvió tranquilo y la miró, risueño.
—Mi amor, no se encele cuando le tiro besos al azul.
Se miraron, reconociéndose, y luego él se sentó abatido en el borde de la cama; se cogió la cabeza entre las manos.
—Estas semanas serán el espejo de lo que pudo ser la vida [...]».
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