Tutankamón, el faraón que renació 3000 años después
Tras años de intensa búsqueda en el Valle de los Reyes, el 4 de noviembre de 1922, ahora se cumple el centenario, tuvo lugar el descubrimiento de la tumba del joven faraón Tutankamón, el acontecimiento más espectacular de la egiptología tras el hallazgo de la piedra Rosetta que permitió descifrar los jeroglíficos.
La tumba estaba casi intacta y esto era lo realmente sorprendente. Era la primera vez que se podía contemplar el ajuar funerario de un faraón que apenas había sido saqueado por los ladrones en la antigüedad. A los ojos asombrados del pequeño grupo de personas que penetró en la cripta, encabezado por el arqueólogo Howard Carter y el patrocinador de la excavación, Lord Carnarvon, aparecieron intactos miles de joyas y objetos maravillosos destinados a acompañar al difunto en el más allá y que habían sido enterrados con él hacía más de 3000 años.
La extracción de todo el tesoro y su catalogación se prolongó por espacio de varios años en los que no faltaron polémicas e interrupciones, porque el hallazgo coincidió con el creciente nacionalismo egipcio y su lucha por emanciparse del protectorado británico, lo que impidió que lo recuperado saliera del país.
La prensa española de la época, como la de todo el mundo, se hizo eco de tan prodigiosa noticia, aunque con cuentagotas, dado que, para resarcirse de los gastos, Lord Carnarvon dio la exclusiva del descubrimiento a The Times, que fue publicando informaciones y fotografías de los objetos encontrados en la tumba mientras que el resto de los periódicos intentaban ilustrar sus noticias valiéndose de dibujos más o menos verosímiles.
Tras el descubrimiento en noviembre 1922 de la escalinata subterránea de acceso a la cripta y la exploración de la antecámara y otra estancia del recinto, no fue hasta febrero de 1923 cuando se rompió el sello de la pared de la cámara sepulcral. Un dibujo del periódico The Sphere del catafalco de finas maderas revestidas de láminas de oro y piedras preciosas que guardaba el sarcófago del faraón fue reproducido casi un año después por la revista La Esfera (26/1/1924):


También con retraso de un año Mundo Gráfico (20/2/1924) pudo publicar la fotografía del momento en que Howard Carter rompía el sello de la pared de la cámara del sepulcro, un acto que había sido presenciado por la reina de Bélgica y otros destacados invitados de Lord Carnarvon. La imagen pudo ser reproducida por esa revista española con la especial autorización de The Times.
De la popularidad que al hilo de este descubrimiento estaba cobrando la egiptología en España dio testimonio el diario El Sol, uno de los mejores de la época, que en su edición del 3 de marzo de 1923 dedicó al tema la principal información de su portada con el título: ‘El país de la esfinge’.
La egiptología o interés por el antiguo Egipto y su estudio comenzó en España más tarde que en otros países de Europa. Aparte de algunos precedentes, se considera el iniciador de esta disciplina en nuestro país a Eduard Toda i Güell, que fue cónsul en El Cairo de 1884 a 1886 viajando por el territorio y participando en algunas excavaciones arqueológicas. Su libro ‘A través del Egipto’, de 1889, está digitalizado por la Biblioteca Nacional de España y puede leerse en abierto.
Sobre las fotos fuera de la tumba no existía exclusividad o era más difícil de mantener y la prensa internacional pudo publicar imágenes como estas de la revista La Esfera (20/1/1923) en que se ve a Howard Carter junto a sus colaboradores a la entrada de la cripta y una panorámica de la necrópolis del Valle de los Reyes, junto a una estatua de Tutankamón que ya había sido hallada antes en otra excavación y se encontraba en el Museo del Cairo:

En esta otra imagen de la misma revista del mes de marzo, una vez que se había accedido a la cámara sepulcral, se ve cómo es retirado un busto del joven faraón junto a otra fotografía de la cabeza de la madrastra de Tutankamón, la reina Nefertiti, que se conserva en el Museo de Berlín.

En un artículo publicado en la portada de La Libertad (25/2/1923), el escritor y político Luis de Zulueta, que sería ministro durante la II República, destiló con emoción las palabras que un grandioso acontecimiento como éste requería:
¿No resulta extrañamente sugestivo ese despertar del antiguo Tutankamen frente a los objetivos de las máquinas cinematográficas?... El hombre que hace treinta siglos se durmió, como un dios, bajo las estatuas colosales, resurge ahora de nuevo al mundo en que fulguran los focos eléctricos y se impresionan las películas. Si el ‘doble’, el ‘ka’, el alma prócer del olvidado Faraón vagaba todavía por el ámbito de su tumba, ¿qué pensará hoy ante la irrupción súbita de esos hombres pálidos que manejan milagrosos instrumentos, hablan a través de los mares, corren en monstruos metálicos y vuelan sostenidos por gigantescas aves amaestradas…

Y continúa el artículo de Zulueta en tono filosófico:
Todo es nuevo, diría el monarca egipcio, alzando la frente ceñida por el simbólico áspid de la inmortalidad. Todo es nuevo y todo es viejo… El sol nace y se oculta; una generación humana sucede a otra; pero siempre es el mismo sol y siempre el hombre es el mismo. Muda el hombre de color y de lenguaje, de usos y de ritos, de morada y de vestiduras. Su corazón, empero, es hoy como el corazón que yo recibí de mi madre, el corazón de cuando yo vivía en el mundo, el pobre corazón guardado en la urna junto a mi sarcófago... El hombre sigue amando el poder, el oro, la sangre. Los fuertes oprimen a los débiles; unos pueblos combaten a los otros; la guerra continúa, asoladora, devorando miles y miles de víctimas, secundada por el hambre y el dolor...
La pasión por Egipto se disparó en 1923 con las noticias del joven faraón y su tesoro. Llegó al mundo de la moda, donde surgió el estilo Tutankamón, como da fe esta simpática página de La Esfera con una mujer vestida a la egipcia y caminando de perfil.
Quien se lo podía permitir, pocos, viajaban a Egipto para estar cerca del lugar donde se producían tantas maravillas. En esta imagen publicada ese año en la revista España automóvil y aeronáutica puede verse a un grupo de turistas, americanos e ingleses, sobre todo, en sus vehículos junto a la esfinge y la gran pirámide de Guiza.

En otro gran artículo de portada publicado en El Sol, el escritor y periodista Ricardo Baeza señalaba que ninguna aventura arqueológica había suscitado nunca un interés tan mundial y tan inmediato y daba una relación de algunos de los objetos hallados:
Ningún soñador de tesoros pudo nunca imaginar más deslumbrante hallazgo. ¡Cuatro estancias atestadas de objetos extraños y misteriosos, muchos de ellos nuevos para los ojos humanos: muebles y utensilios domésticos de inusitado esplendor; arcas policromadas; cofrecillos criselefantinos; enormes vasos de alabastro; maravillosas navecillas pintadas que sirvieron de juguete al rey niño; estatuillas de oro y plata a semejanza del monarca; cincelados cayados de marfil y ébano; riquísimas estofas, victoriosas de los siglos; joyeles y arrequives (adornos) de variada pedrería; vestiduras de gala; flabelos (abanicos) de pluma; arcos y armas de casa y de guerra; carros de combate, revestidos de repujados metales preciosos; arreos de las caballerías reales; relicarios de deidades familiares; etc., etc.!
Uno de los preciosos vasos de alabastro con inscripciones jeroglíficas encontrados en la tumba fue reproducido por La Esfera.

Y en esta otra imagen de la misma revista puede verse una de las barcas del sol que serviría al faraón para hacer su viaje al más allá y unirse al dios Osiris.

Howard Carter estuvo dos veces en España; primero en 1924, cuando los trabajos sufrieron una interrupción por problemas con el Gobierno egipcio. El arqueólogo reclamaba la mitad de lo hallado, como era hasta entonces lo habitual, a lo que se negaron los egipcios. Carter solo pudo volver a la excavación tras renunciar a su pretensión.
En Madrid, el arqueólogo dio conferencias en la Residencia de Estudiantes y en el Teatro Fontalba de la Gran Vía, 30, ya desaparecido y que entonces se acababa de inaugurar. Carter aderezó su charla con la proyección de diapositivas ante un aforo repleto y asombrado. Los palcos estuvieron ocupados por los reyes de España y toda la aristocracia madrileña.

El arqueólogo vino a España invitado por el comité hispano-inglés, presidido por el duque de Alba y que colaboraba con la Residencia de Estudiantes. Al marcharse, Carter, amigo del duque, dejó el material fotográfico y las películas en manos de este comité, que lo exhibió por varias ciudades españolas.
La segunda vez que viajó a España fue en 1928, una vez que los trabajos en Egipto estaban muy avanzados. Dio de nuevo una conferencia en la Residencia de Estudiantes y, debido a la gran expectación que suscitó, dio otra en el Teatro de la Princesa. En esta imagen publicada por Nuevo Mundo se ve al arqueólogo junto al duque de Alba y al lado la fotografía del templete que guardaba los vasos canopos que contenían las vísceras del faraón.
En esta otra imagen de la misma revista puede apreciarse el último ataúd de los tres en que reposaba la momia dentro de un sarcófago de cuarcita. Se trata del ataúd antropomórfico hecho con 110 kilos de oro macizo. Dentro se hallaban los restos del faraón con la máscara de oro, lapislázuli y otras piedras preciosas cubriéndole la cabeza y los hombros, la imagen más conocida de Tutankamón.


En La Esfera se publicó una foto de los pacientes y cuidadosos trabajos que tuvieron lugar para quitar todos los vendajes de lino a la momia, una labor que duró días y en la que los doctores que realizaron la operación se quedaron maravillados al ver cómo envoltura tras envoltura hallaban todo tipo de objetos. Así lo contaba la revista:
Con gran emoción de todos, la masa muy voluminosa de vendajes, carbonizados y podridos, fue separada con el mayor cuidado. En el interior se encontraron 143 objetos, incluyendo la diadema y las insignias del monarca, collares simbólicos, amuletos, joyas de uso personal y dos puñales.
En la imagen se ve al doctor Douglas Derry, acompañado de otros colegas, de Carter y funcionarios egipcios, en el momento de practicar la primera incisión en las envolturas de la momia para desenrollar las tiras de lino.
Para que no faltara nada en un acontecimiento de tal magnitud que disparó la egiptomanía en todo el mundo, la prensa sensacionalista y también la seria empezó a publicar noticias de muertes a causa de la supuesta maldición del faraón por haber profanado su tumba. Dio pie a ello el fallecimiento del patrocinador de la excavación, lord Carnarvon, muerto en abril de 1923, solo unos meses después del hallazgo.
A Carnarvon le picó en Egipto un mosquito que le hizo un grano que se infectó al cortárselo afeitándose. Dadas las malas condiciones higiénicas de la época y de la zona, la herida infectada derivó en una septicemia que acabó con su vida. Esto es lo que se sabe hoy, pero entonces todo eran especulaciones y la sugestiva falacia de la maldición faraónica se propagó.
Antes de que lord Carnarvon muriera, El Sol publicó en portada una noticia con el título ‘La venganza de Tutankamen’:
Lord Carnarvon, el explorador del hipogeo de Tutankamen, padece en Luksor una grave infección de la sangre, producida por la picadura de un mosquito… Estaba predicho que lord Carnarvon sería victima de la venganza misteriosa de Tutankamen. En un papiro antiquísimo se conserva una de esas fórmulas mágicas egipcias que amenaza con la picadura emponzoñada de una víbora al desenterrador de momias; hace poco más de un mes que un egiptólogo francés exhumaba el recuerdo de esta vieja amenaza, y acaso en su inquina a su rival inglés haya pronunciado ritualmente las frases como un sacerdote eficaz. No cabe duda que lord Carnarvon ha sido picado por una víbora…
Es curioso pero muchos periódicos incurrieron en esta confusión al informar de la noticia dando por bueno que, en vez de un mosquito, a lord Carnarvon le había picado o mordido una víbora o áspid para que así su muerte pudiera atribuirse a las presuntas fórmulas mágicas de la maldición.
En la misma portada en que El Sol publicó la supuesta venganza de Tutankamón incluyó un dibujo del caricaturista Luis Bagaría dando por cierta la maldición, con el título de ‘Diálogo egipcio’ y este texto: Esos ingleses creían que era tan fácil remover tumbas como remover mares.
Otras personas que habían participado de alguna manera en el descubrimiento murieron también en el curso de los años, con lo que la superstición no dejó de crecer. Así, doce años después del hallazgo de la tumba, El Heraldo de Madrid publicó en su portada (19/1/1934) la noticia de la muerte a causa de una enfermedad desconocida del egiptólogo inglés Arthur Weigall con este titular sensacionalista: Tutankamen se venga ferozmente de los que abrieron su tumba y turbaron su reposo.

Según el periódico, el egiptólogo negaba la existencia de la maldición, pero admitía la obsesión de Tutankamón por vengarse de todos los compañeros de lord Carnarvon. Lo que no contaba El Heraldo de Madrid es que Weigall había sido enviado a cubrir el descubrimiento de la tumba por el periódico Daily Mail y sentía ojeriza contra Carnarvon y Carter por la exclusiva a The Times que obstaculizó su trabajo.
No hay mejor mentís contra la supuesta maldición que la muerte de Howard Carter, el principal culpable de haber molestado el sueño milenario de Tutankamón. El arqueólogo falleció en 1939 a los 64 años a causa de una enfermedad tan común como el cáncer. En realidad, más que estar molesto con él Tutankamón debía de estarle agradecido, dado que según las creencias del antiguo Egipto el nombre de un difunto debía ser repetido obsesivamente, en inscripciones, oraciones, textos funerarios y de todas las maneras posibles. Era así como se garantizaba que su espíritu viviera eternamente. Y no cabe duda de que el nombre de Tutankamón vivirá para siempre.
Enhorabuena Antonio!, Que buen artículo, me ha gustado mucho, diferente por su visión desde las imágenes de la prensa del momento