La química de los libros: ciencia y conservación del patrimonio documental

Exposición
La química de los libros: ciencia y conservación del patrimonio documental
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La química de los libros
Horario

del 18 de octubre de 2011 al 15 de enero de 2012

Sin la química, el hombre habría sido incapaz de adaptarse a la naturaleza. El simple hecho de cocinar los alimentos, desplazarse en un vehículo o la fabricación de superconductores, exigen conocimientos químicos, conocer la materia y controlar sus reacciones. El libro no se escapa a esta necesidad. Cualquiera que sea su soporte y el tipo de instrumento utilizado para su escritura, la química determina qué materiales son aptos para fabricar el papel, la tinta o encuadernación y cómo se pueden modificar para que sean más resistentes, más bellos o más baratos. De la química también depende la capacidad del libro de resistir el paso del tiempo y su destrucción.

El soporte principal del libro en nuestra civilización es el papel. Aunque su origen no es del todo claro, parece seguro que fue inventado en China antes del siglo II d.C., que los árabes aprendieron a fabricarlo y que, a partir del siglo VIII, extendieron su uso al resto del mundo conocido. Los papeles primitivos se fabricaron con fibras de lino obtenidas a base de machacar con mazos de madera viejos trapos. La pasta obtenida se mezclaba con agua y se recuperaba, ya con forma de hoja, mediante cedazos de hilos de cobre. Este sencillo procedimiento permitió fabricar millones de toneladas de papel en Europa entre los siglos XI y XIX. Sin embargo, el proceso no siempre fue idéntico y evolucionó según las necesidades de la industria, la disponibilidad de materias primas y el conocimiento de nuevos materiales. Así, se fueron incorporando procesos que mejoraban la capacidad de imprimir o de escribir, la posibilidad de utilizar fibras procedentes de la madera o nuevos sistemas de encolado.

En este proceso, la química fue esencial. En el siglo XVIII, sustancias como el ácido muriático, la cal o el alumbre se hicieron tan necesarios en la fabricación del papel como los trapos o la gelatina y, a partir del siglo XIX, los tradicionales molinos papeleros se convierten en inmensas factorías químicas donde la madera se trata con reacciones químicas complejas y las fibras son blanqueadas con gases oxidantes.

La química no sólo interviene en el momento de la elaboración del libro. El contacto con la humedad del aire, con el oxígeno, el calor o las radiaciones lumínicas provoca reacciones químicas en los distintos componentes del soporte, de las tintas o ambos. Estas reacciones crean nuevos compuestos y debilitan el soporte hasta el punto de provocar su desaparición. Según estudios de la Biblioteca Británica y de la Biblioteca Nacional de Francia, más del 96% de sus colecciones presenta niveles peligrosos de acidez. En la Biblioteca Nacional de España, estimamos que cerca del 67% de nuestras ediciones del siglo XX deben recibir atenciones por esta causa.

Sólo la química permitirá su salvación.

 
Arsenio Sánchez Hernampérez.
Laboratorio de Preservación y Conservación de la BNE

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