Para el fin de siècle decimonónico Wagner fue mucho más que un genial compositor: un semidiós con su propio santuario en Bayreuth donde se oficiaba la liturgia del Parsifal. En España, introducido por Barbieri hacia 1862, sería el pintor cántabro Rogelio de Egusquiza uno de sus primeros conversos y principal apóstol. Bajo su influencia, Fortuny daría también un completo giro a su trayectoria artística hasta convertirse en paradigma de la obra de arte total (Gesamtkunstwerk) wagneriana. Igualmente Thomas Mann, en cuya producción volvemos a encontrar la idea del arte global y la conexión entre sexo y muerte, comulgó con los postulados estéticos de Wagner y pronunció y publicó conferencias sobre él.